
Escrito corto, narrativo
La Siesta
En las calles de París, una espesa oscuridad, que proviene de la noche, envuelve mi cuerpo débil y atormentado, luego de haber vivido varios acontecimientos pasados. Con un descontrol total de ira, observaba mí alrededor de manera dudosa, esperando encontrar algo de mi incumbencia. Ese algo, no apareció por ningún lado, tan solo estaba rodeada de grandes casas, asfaltos de piedra y de gotas que caían de las nubes lloronas.
Exhausta, me cubro con mi gran tapado y hecho correr hacia mi hogar. La misma, se encontraba a pocas cuadras del lugar en donde estaba. Al llegar, me libré de mi atuendo empapado y me dirigí directamente a mi habitación. Sola.
Me senté sobre mi cama de dos plazas, ubicada cerca de la ventana y al costado mismo de mi armario. Me quité lo que me quedaba de ropa y preferí quedarme desnuda, mientras me tapaba en sábanas limpias.
- Hay un vacío en mi corazón…- Dije yo sorpresivamente. Y, poco después, empecé a llorar.
No encontraba motivo alguno para sollozar, pero mis lágrimas eran tan fluidas como la tormenta que caía en las calles de la ciudad.
Cerré mis ojos y traté de alejarme de pensamientos negativos; del malestar.Imposible. Mientras más oscuridad me envolvía, más mediocre me sentía.Cada imagen producía un grito en mi interior, las pinturas del pasado se transformaban en lágrimas.
Descontrolé, me levanté con la necesidad de destruir ese dolor.Salí desnuda a las afueras de mi casa mientras me bañaba con las gotas de las nubes. Contemplé el cielo. Apenas se podía ver la luna, aunque, de igual modo, el horizonte era gris, como mi corazón en esos momentos.
-Ayúdame… ¡Obsérvame!... ¿Por qué?... No hagas que muera con ésta soledad… ¡¿Acaso existo?!- Gritaba yo mientras observaba el firmamento.
Pero no recibí respuesta alguna, el diluvio era mi único compañero. No tenía con quién hablar, porque de igual modo, nadie me podía escuchar. No podía mirar, porque no tenía a quién mirar. No podía gritar, porque mi voz desapareció para el Mundo.
Me cerré. Me abracé conmigo misma. Necesitaba calor.
Caí.
Soñé.
Morí, pero seguía despierta.
Morí, pero seguía despierta.
Sonreí.
Prometí.
Me levanté.
Y por fin, desperté.

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